El coche se había quedado prendido desde hace rato. Una simple visita, cambió de planes cuando a Esteban lo pararon tres retenes en el camino. Además, esos chalecos no eran del ejército, ni se veían tan mal organizados como los típicos retenes de militares con tenis a los que estaba acostumbrado.
—Pá. Es el quinto convoy que pasa por la casa, nos tenemos que ir de aquí —las ventanas temblaban.
Él solo sonreía mientras veía a Macario hablando con el diablo. La televisión a un volumen altísimo.
—¿Pá?
Puta madre. Siempre viendo esa maldita caja.
—¿Pá? Te estoy hablando…
—Ya te oí hombre. Yo no dejaré mi casa. Después de treinta años por fin se la pudimos pagar al Infonavit —el brazo y el mentón le temblaba más con cada año—. Además, la enfermera Rosita me dijo que esté atento. Que pronto abrirán nuevos tratamientos en la clínica.
—Pá, estamos en Colima. ¿Qué diablos van a abrir aquí para una enfermedad como la tuya?
—Tú hazme caso… Todo está bien —dio tres golpes al piso con su bastón.
Me arrodillé frente a él.
—Pá. No sé qué diablos está pasando aquí. Pero al último retén le dije que solo venía por mi padre. Entrada y salida, ¿entiendes? Si me voy de aquí sin ti, se verá muy sospechoso.
Macario dejó de sonar…
Esteban volteó y vio muchas barras de colores en la tele. Después. Un hombre con un puro y una metralleta apareció en la pantalla.
