—¡Muy bien! Hagan una fila y prronto pasarran —escuchó Teresa. Enfrente de ella… un gran volcán.
Su cerebro captó las instrucciones cinco segundos después.
—Sigan las instrrucciones como yo se las diga.
Volteó a ver al hombre alto que estaba leyendo.
—Tenemos que esperar a mi hijo —gritó Teresa, interrumpiendo lo que estaba diciendo aquel sujeto.
Él, se bajó de la tarima y desenfundó su arma.
—Usted no tiene hijos. Sabemos todo sobrre ustedes.
—Sí, si tengo hijos. Los que vienen cada mes a jugar con nosotros. Los que siempre llevan la misma playera azul.
Maldita perrra, siga las instrrucciones.
—Y tú, no estudiaste bien a los objetivos —una pistola estaba recargada sobre la sien de aquel hombre mientras aquella mujer le sonreía a Teresa.
—D…D…Disculpe, señorrita Olga.
—Nada de armas con ellos ¿Entendido? —dándole un empujón a su cabeza con la pistola.
Seguido de eso, Olga tomó del brazo a la señora Teresa y se la llevó caminando hasta otra fila en donde algunos murmuraban para si mismos.
—Esta es su fila señora. Ahorita viene alguien para llevarla a que la atiendan.
—Si, pero tenemos que esperar a mi hijo.
—Su hijo está adentro. Ahorita lo verá.
—Ah, bueno —se quedó sonriendo y mirando al frente.
